lunes, 24 de octubre de 2016

Holywins, o la impotencia de la sumisión

Se va terminando el mes de octubre y la televisión comienza a recordarnos que se viene Halloween. Justo acá, donde pasamos la navidad transpirando de calor y no se ve un copo de nieve ni en el freezer de la heladera; donde lo más parecido a un Día de Acción de Gracias que conocemos es el día que depositan el aguinaldo; y nuestras más acendradas tradiciones de fin de año son los cortes de luz y los saqueos, acá -digo-  se viene Halloween. Como si no alcanzara con la vergüenza de ver que el colonialismo tan temido no necesitó de sesudos filósofos y artistas para derribar las barreras culturales que creíamos inexpugnables por ser esta la tierra de Borges y Lugones, para colmo hay que ver que la metrópoli nos socava con la expresión cultural más berreta que tiene.

Me dirán que todavía no está instalado en el imaginario colectivo y que Halloween no se festeja aquí, salvo en reducidos grupos marginales de la clase media aspiracional que abraza fielmente todo lo que le vende la televisión; y entre los también marginales nichos de clase media alta profesional recluidos en countries y barrios privados, con idénticas inseguridades de clase y carencias socio-afectivas que los empujan a una torpe pero desaforada carrera por la búsqueda de la identidad personal y la construcción del Yo individual de la única forma que conocen: consumiendo (y esta palabra es clave) los productos culturales destinados específicamente al segmento que ellos integran. El tiempo y el marketing se ocuparán de generalizar la fiesta yanqui. Hay un negocio virgen, apenas explotado y que ya se está imponiendo solo. No hace falta más que apuntalar un poco la propaganda de las series y películas norteamericanas, para triplicar la venta de golosinas justo dos meses antes de navidad -cuando el calor del hemisferio sur más repele el azúcar y los disfraces de nylon- y terminar el año con un subidón de ventas.  

Este triste paisaje de degradación cultural a instancias de nuevas oportunidades comerciales sería suficiente para lamentar nuestra situación como iberoamericanos y herederos directos de la cultura mediterránea que creó la civilización occidental cuando los pueblos anglosajones aún vivían -literalmente- en el barro (recuerden la choza de William Wallace en "Corazón Valiente") , pero siempre se puede caer un poco más. Así es que me entero por facebook de la iniciativa de la Diócesis de Alcalá de Henares (Madrid) para festejar "Holywins" en vez de Halloween, la noche de Todos los Santos. 
  
La consigna es vestir a los enanos, ya no como zombies o brujas, sino como santos o virgencitas y que los rapaces puedan así ser parte de la pregonada fiesta de Halloween, pero dejando a salvo la imaginen exterior del evento. Así de un plumazo, se aceptó la premisa: los niños deberán disfrazarse para festejar el treinta y uno de octubre. Para cuando esos niños hayan crecido lo suficiente y se enteren que les habían vendido el sucedáneo y no el original, optarán por dejarse de subterfugios y pasar a disfrazarse de demonio o de bruja como todo el mundo. Alegarán que hace años que vienen disfrazándose para festejar el treinta y uno de octubre y que disfrazarse de ángel bueno o de ángel caído es, al fin y al cabo prácticamente lo mismo y meterse en tantos matices es propio de padres aburridos y tiránicos que no lo dejan ser como los demás chiquillos. La respuesta natural sería que no festejen nada en esa fecha, como todas y cada una de las generaciones que los precedieron; que se conformen con Navidad y Reyes, pero claro.. eso es muy poco cool y es fundamental sumergir a los niños en esta cosa que no es ni chicha ni limonada y a la que ellos no pidieron entrar. Es como acostumbrar a los chicos a tomar Manaos, por miedo a que tomen Coca-Cola. ¿Cuál es la diferencia?

Como no podía ser de otra manera, la inefable página aciprensa se avoca a publicitar el híbrido menjunje ejercitando la "Nueva Evangelización" que por lo visto se trata de barnizar la cultura tirándole agua bendita a cualquier idiotez moderna, sin más. Esto no es nuevo en el evangelismo norteamericano que hace años llegó a la conclusión de que cualquier cosa era pasible de cristianización al módico precio de incluir la palabra "Cristiano" en su designación. Hija de esta moda es la aparición del Rock Cristiano, el Yoga Cristiano y el tiempo dirá si, llevando su lógica hasta las últimas consecuencias, tal vez surja una industria del Porno Cristiano. 

No es de extrañar que los evangélicos norteamericanos que saltan, lloran y gritan "Amén!" en la iglesia, y creen que esto es hablar en lenguas poseído por el Espíritu Santo, caigan en un nominalismo tan burdo. Lo que sí apena es que la Iglesia de los Doctores que rescató a Aristóteles para occidente, que creó la Universidad moderna tal como la conocemos (con sus planes de estudios, su sistema de clases y exámenes) y que produjo todo el arte occidental durante mil años se encuentre tan inerme e incapaz de una respuesta propia, presa de de sus contradicciones internas entre la vergüenza por su pasado y el sentimiento de inferioridad que infantiliza la religión y la obliga a ir dando bandazos y manotazos de ahogado en su loca carrera por subir al tren de la historia que se le escapa; no ya para transformarlo haciendo nuevas todas las cosas, sino para procurarse el último asiento del vagón y dejarse llevar mansamente y con acomplejada gratitud adonde sea que la lleve quien realmente dirije la locomotora.  

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